Espina

Se sienta en la mesa, despacio, con la suavidad que siempre ha caracterizado su manera de comportarse. Él ya lleva allí muchos minutos. Nervioso. Un cigarro tras otro. Dos cafés. Fuera el viento agita las gabardinas de la gente, que intenta en vano apresurar el paso. Ella pide un té. Él cruza y descruza las piernas. Tanto tiempo armando un discurso para que ahora todo se reduzca a un “¿qué tal?”. Ella nota su nerviosismo y se recrea, consciente de que, una vez más, tiene la sartén por el mango: “Mejor que antes”, contesta. Sin piedad. Todo patas arriba y la sensación muy viva de que aquello es absurdo. Tan viva que empiezan a arderle las mejillas. El camarero trae el té y rompe levemente la trinchera de silencio. “¿De verdad esto tiene sentido?”, concede ella finalmente, dejando caer las sílabas como bombas de racimo. Agacha la cabeza levemente mientras observa una leve imperfección en el mármol blanco. La respuesta está atravesada en su garganta, como una espina, desde aquel día que decidió tragársela antes de convertirla en palabras. Al levantar de nuevo la vista comprende que ésta tampoco será la ocasión en la que por fin consiga rendirse.

De mañanas nubladas

Tú nunca pensaste que herir es tan fácil como lanzar un dardo y tan inútil como no mirar cuál es la puntuación conseguida. Yo siempre vi la vida con la sencillez del idiota que tropieza una y otra vez con una pequeña china por no molestar. Sin embargo, para ti el cielo despejado no era suficiente, siempre tenías que jugar a nublarlo todo, a poner a prueba cualquier corazón que se te entregara en bandeja. Y yo ni siquiera encontré en el cajón el disfraz del odio. Una mañana –nublada- te pregunté el porqué de tu ceño fruncido. Me contestaste que en esta vida hay que abordar un combate cada día y ganarlo, y yo me sentí como el sparring que sabe que su carrera ha terminado, en la lona, la mirada perdida en el brillo de los focos, mientras el público pide más sangre.