De mañanas nubladas

Tú nunca pensaste que herir es tan fácil como lanzar un dardo y tan inútil como no mirar cuál es la puntuación conseguida. Yo siempre vi la vida con la sencillez del idiota que tropieza una y otra vez con una pequeña china por no molestar. Sin embargo, para ti el cielo despejado no era suficiente, siempre tenías que jugar a nublarlo todo, a poner a prueba cualquier corazón que se te entregara en bandeja. Y yo ni siquiera encontré en el cajón el disfraz del odio. Una mañana –nublada- te pregunté el porqué de tu ceño fruncido. Me contestaste que en esta vida hay que abordar un combate cada día y ganarlo, y yo me sentí como el sparring que sabe que su carrera ha terminado, en la lona, la mirada perdida en el brillo de los focos, mientras el público pide más sangre.

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