Espina

Se sienta en la mesa, despacio, con la suavidad que siempre ha caracterizado su manera de comportarse. Él ya lleva allí muchos minutos. Nervioso. Un cigarro tras otro. Dos cafés. Fuera el viento agita las gabardinas de la gente, que intenta en vano apresurar el paso. Ella pide un té. Él cruza y descruza las piernas. Tanto tiempo armando un discurso para que ahora todo se reduzca a un “¿qué tal?”. Ella nota su nerviosismo y se recrea, consciente de que, una vez más, tiene la sartén por el mango: “Mejor que antes”, contesta. Sin piedad. Todo patas arriba y la sensación muy viva de que aquello es absurdo. Tan viva que empiezan a arderle las mejillas. El camarero trae el té y rompe levemente la trinchera de silencio. “¿De verdad esto tiene sentido?”, concede ella finalmente, dejando caer las sílabas como bombas de racimo. Agacha la cabeza levemente mientras observa una leve imperfección en el mármol blanco. La respuesta está atravesada en su garganta, como una espina, desde aquel día que decidió tragársela antes de convertirla en palabras. Al levantar de nuevo la vista comprende que ésta tampoco será la ocasión en la que por fin consiga rendirse.

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